Más de veinte asesinatos en menos de 30 días en Barranquilla y su área metropolitana, mediante hechos que involucran armas de fuego, no pueden pasar por inadvertidos para la comunidad, ni mucho menos para las autoridades.

Esos actos criminales siguen ocurriendo repetidamente en las mismas comunidades y zonas urbanas donde se ha identificado la presencia de reconocidas bandas al servicio de grupos ilegales.

Ciertamente, en Barranquilla y su área metropolitana ha sido incrementado el pie de fuerza, así mismo reforzado con elementos para la seguridad, como las cámaras instaladas en lugares estratégicos de la ciudad de Barranquilla y la creación de comandos especiales para cada delito, pero parece que con eso no se hubiera logrado que desciendan los índices de delitos, como lo esperan las gentes de bien de Barranquilla.

Los intentos de conciliación entre bandas juveniles dedicadas a defender sus ‘feudos’ y controlar el negocio del microtráfico en algunas zonas de la ciudad, están apenas en una etapa incipiente y a veces da la sensación que tienen más resultados en el impacto que estos temas causan en los medios de comunicación y las redes sociales, que una real reconciliación entre estas pandillas.

A lo anterior hay que sumar que no hay cohesión entre lo que se plantea en materia de seguridad en Barranquilla y lo que hacen en Soledad, Malambo, Galapa y Puerto Colombia. La seguridad debería ser un tema metropolitano, porque la incidencia de cualquiera de los grupos al margen de la ley, también evidencia entre sus vecinos más cercanos.

No estaría demás que se unificaran medidas como el férreo control al porte de armas, la instalación de cámaras de seguridad en toda el área metropolitana, temas que son manejados individualmente por cada administración.

Se sabe que este fenómeno no es de ahora; los enfrentamientos entre bandas delincuenciales, la presencia de pandillas juveniles y las pugnas por el control del expendio de drogas, son hechos evidentes en nuestra ciudad. Los grupos criminales siguen actuando de la misma manera como lo han venido haciendo desde años atrás en Barranquilla, los protagonistas de estos hechos frecuentan las zonas deprimidas, entregándole armas, especialmente a los jóvenes, fortaleciendo la delincuencia y ocasionando muertes.

En algunos barrios de Barranquilla y Soledad persisten los enfrentamientos, sin que se haya realizado una intervención real, no sólo para controlarlas en materia de orden público, sino para deshacer esas redes y reincorporar a la civilidad a quienes pertenecen a dichos grupos delincuenciales.

Es una gran verdad que en nuestras zonas deprimidas, las oportunidades que les brinda estar al servicio del dinero fácil, ha hecho que buen número de jóvenes de una generación estén perdiendo la vida sin sentido.

La denominada guerra entre bandas obligó a las autoridades a cercar algunos barrios donde se libran estas luchas, sin embargo lo único que realmente acabará con el problema, es brindar oportunidades de desarrollo a esas comunidades, distinta a disputarse el control de la venta de drogas.

Una vez pasa el registro en las páginas de LA LIBERTAD y en las cámaras de televisión los jóvenes son devueltos a sus comunidades, sin ningún tipo de seguimiento ni programas reales ni estímulos para su reincorporación a la legalidad.

También es urgente la acción de la justicia, para que actúe como debe ser en estos casos y no se promueva la impunidad, tan perniciosa como los mismos problemas que se padecen en temas de seguridad ciudadana.

#politicaconlibertad