Hoy se cumple otro aniversario del demoledor atentado terrorista contra las Torres Gemelas y Pentágono, los máximos símbolos financiero y militar de Estados Unidos, un acontecimiento que evidenció la fragilidad de sus sistemas de defensa y puso a la máxima potencia mundial en pie de guerra.

A pocos minutos de la tragedia los expertos no se atrevieron a vaticinar cómo ni cuándo reaccionaría el gobierno del presidente George Bush, pero sus primeras palabras no dejaron ninguna duda que habría retaliaciones –como en efecto ocurrió– cuando expresó en su primera alocución después de los sucesos. “No distinguiré entre quienes cometieron el acto terrorista y quienes los protegen, la libertad ha sido atacada por un cobarde sin cara, no se equivoquen, Estados Unidos cazará, encontrará y castigará a los responsables”.

Como recordaremos, los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron perpetrados con tres aviones civiles repletos de pasajeros, que destruyeron las Torres Gemelas, centro mundial del comercio de Nueva York y también causaron grandes daños en el Pentágono; indudablemente este hecho se  constituyó en un duro golpe, no solo contra el Gobierno, sino también contra el pueblo de Estados Unidos, la nación capaz de construir escudos antimisiles en la galaxia, pero que fue impotente para impedir golpes tan demoledores en su bajo vientre, propinado hoy hace 20 años.

En menos de una hora, kamikazes que habían secuestrado cuatro aviones comerciales en diferentes aeropuertos, destruyeron el corazón financiero del universo y sacudieron los cimientos del emblema de poder y seguridad del país más desarrollado del planeta, dejando miles de muertos, heridos y una comunidad en pánico.

Los cerebros que organizaron el día de terror, el 11 de septiembre de 2001, apuntaron a blancos de profundo significado político y estratégico. Mas allá de las características apocalípticas, el certero golpe logró impactar centros neurálgicos para EE.UU., fue golpeado con armas para las cuales no tenía defensa preparada.

No por coincidencia, varios países enemigos de Estados Unidos reaccionaron con vehementes condenas a los atentados. Según algunos analistas, tales declaraciones se interpretaron como un mensaje en el sentido de que no fueron los culpables; el gobierno de Cuba, por ejemplo, expresó su solidaridad con las víctimas y hasta ofreció ayuda humanitaria y varios países árabes, incluyendo Palestina hicieron lo propio.

Como demencial calificaron la comunidad internacional y los principales líderes mundiales la cadena de atentados terroristas que sacudió al país norteamericano. Organismos internacionales y los jefes de Estado de todas las naciones del globo terráqueo expresaron al pueblo estadounidense su pesar y su solidaridad por la tragedia.

No se puede negar que el mundo entero rodeó a Estados Unidos cuando se produjeron los atentados cuyo vigésimo aniversario se recuerda hoy 11 de septiembre y con ellos la muerte de más de 3 mil personas en la ciudad de los rascacielos, en la capital federal y en la campiña de Pensilvania.

Sin embargo, no hubo similar consenso cuando se produjo la invasión a Irak, con el argumento que ese régimen protegía a la organización fanática Al Qaeda, posible autora del atentado en Nueva York.

Se dijo entonces que fue precipitada y controvertida la acción de Estados Unidos en el sentido de invadir a Irak en días posteriores al atentado al que hoy hacemos referencia.

Lo cierto es que la nueva era tiene componentes de incertidumbre, que hacen surgir el interrogante sobre si Estados Unidos y el mundo en general están preparados para enfrentar los retos del terrorismo.

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