Por Hugo Castillo Mesino

Escribir es un acto de rebeldía; pero, esto no significa que los rebeldes sean escritores. Es válido   interpretar “Una Escuela para la Vida” de Nuccio Ordine cuando sostiene que “abrir una escuela significa cerrar una prisión”; luego, surge la pregunta: ¿Por qué hay que ir a la escuela?, ¿Por qué estudiar en la universidad?  Se escucha poco a los estudiantes decir que se han matriculado para aprender, para saber más, para hacerse mejores; esta tendencia se manifiesta debido a que nuestra sociedad menosprecia lo que no produce un beneficio inmediato, imponiéndose la dictadura del utilitarismo al preguntar: ¿Para qué sirve leer un poema, un concierto, estudiar lengua o leer los clásicos? La respuesta es que no se puede traducir en cifras y transformarse en mercancía, dado que la escuela y la universidad se transforman en empresas productoras de diplomas, medir la calidad es demasiado difícil, la lógica económica invade los campos de la educación, de ahí que las carreras universitarias las denominen “yacimientos culturales”.

Es transcendental que los profesores conciten a los estudiantes a pensar que el mensaje que la sociedad le transmite es erróneo: la principal función de la escuela y de la universidad no es preparar para una profesión; al contrario, se debe intentar que la curiosidad de los alumnos y sus deseos de aprender y de mejorar no tengan límites, tal como lo concibe el Premio Nobel de Economía Edmund S. Phelps: “El estudio de la literatura, la filosofía y la historia serán una inspiración para que los jóvenes busquen una vida plena, que incluya hacer aportaciones creativas e innovadoras a la sociedad”. Hacerle creer a los jóvenes que tienen que estudiar para solo ganar dinero es un hecho inmoral, no se trata de la cultura fast y de la velocidad, se aprende con paciencia y con lentitud, guardando silencio, deteniéndonos a reflexionar y recogerse uno mismo, atendiendo que la crítica, la aventura del conocimiento y el vuelo de los espíritus son incompatibles con la prisa, que es lo que nos venden a diario en la dictadura del utilitarismo, cuando nos habitúan a los 140 caracteres de Twitter, lo cual hace difícil componer un discurso coherente, desarrollar un tema complejo o articular una reflexión que tenga un sentido completo.

Hoy día en la sociedad en la que todo se mide y valora por el criterio del beneficio instantáneo, el prestigio social de los profesores de escuelas y universidad se ha perdido; se trata de reivindicar los momentos en que los estudiantes se encuentran con profesores apasionados, motivados, que aman lo que enseñan, su reacción siempre será positiva. Ahora, ¿Cuál es la inversión que el Estado debe hacer para que tengamos buenas escuelas y universidades? Sin duda una alta inversión para formar buenos profesores, pagarles bien para motivarlos cada vez más, la autoridad de un profesor se gana sobre el terreno y esto se logra cuando se hace razonar a los estudiantes. Una cosa es utilizar un instrumento y otra cosa es ser utilizados por los instrumentos, en lugar de formar jóvenes capaces de decir “NO” estamos educando futuros consumidores pasivos, una especie de adictos que no pueden arreglárselas sin este instrumento, como el smartphone o el celular, convirtiéndolos en robot sociales.

Demostrar que el conocimiento y el estudio pueden cambiar la vida, nos invita a pensar en los profesores que han sido importantes en nuestras vidas. Suele escucharse cuando se dice que ese alumno tiene pasión por la filosofía, aquel es aficionado a las matemáticas, al otro le gusta mucho la física y pare de contar. Debe quedar claro que amamos aquellas disciplinas en la que hemos tenido la suerte de encontrar a los mejores profesores y hemos dedicado todo el tiempo y luego sentir pasión por ella, tal como lo dijo Goethe: “El profesor que no enseña con pasión no puede transmitir pasión”. Cuando los profesores se apasionan lo hacen los alumnos, porque notan que la asignatura está viva y es el profesor que le infunde vida.

Otro reto de una “Escuela para la vida” planteado por Nuccio Ordine es la importancia de los clásicos y su reto es insistir en que la finalidad principal de la escuela y de las universidades no es hacer de los estudiantes abogados o ingenieros sino en convertirlos en mujeres y hombres libres y para lograrlo, hay que enseñarle la importancia de la democracia, la justicia, la legalidad, el amor al bien común, el respeto a la naturaleza, la significación del patrimonio artístico y del arte en general, y, sobre todo, el altísimo valor de la solidaridad humana. Para enseñar tales cosas y formar el ser humano en su totalidad son imprescindibles disciplinas como: la literatura, la filosofía, la música, el arte, la ciencia básica. Son disciplinas que se les consideran, injustamente, inútiles, porque no producen beneficios inmediatos, pero que en realidad son fundamentales para que la humanidad se vuelva más humana.

#politicaconlibertad